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Palabra

San Juan 16, 5-11

En el Evangelio hemos escuchado la promesa de Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito,que esté siempre con ustedes”. El primer Paráclito es el mismo Jesús; el “otro” es el Espíritu Santo. Aquí nos encontramos no muy lejos del lugar en el que el Espíritu Santo descendió con su fuerza sobre Jesús de Nazaret, después del bautismo de Juan en el Jordán.
¿Esperamos con confianza la asistencia del Espíritu?

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San Juan 15, 26 — 16,4

El Espíritu Santo,entonces, como promete Jesús, nos guía “en toda la verdad”; nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía “en” la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial.
En mi vida cotidiana, ¿invoco al Espíritu? ¿Pido su auxilio?

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San Juan 15, 18-21

El Hijo del hombre es el que recibe de Dios «poder, honor y reino». Jesús da un nuevo sentido a esta imagen y señala que él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida. En efecto, con su pasión y muerte él conquista el último puesto, alcanza su mayor grandeza con el servicio, y la entrega como don a su Iglesia.
¿A través de qué servicio alabas a Dios? Tu entrega cotidiana, ¿es generosa?

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San Juan 15, 12-17

El Cenáculo nos recuerda, con la Eucaristía, el sacrificio. En cada celebración eucarística, Jesús se ofrece por nosotros al Padre, para que también nosotros podamos unirnos a Él, ofreciendo a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras alegrías y nuestras penas…, ofrecer todo en sacrificio espiritual.
¿Estoy ofreciendo todo a Dios? ¿Qué me cuesta dejar en sus manos?

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San Juan 15, 9-11

La invitación del Evangelio de hoy es a permanecer en el amor del Padre. En este pequeño fragmento encontramos que aparece tres veces el verbo “permanecer”. Esto quiere decir que Dios nos llama hoy a sentir y gustar internamente esta palabra, rumiarla durante todo el día, disfrutarla y extraerle todo su significado. Permanecer es mantenerse en un lugar durante un tiempo determinado, es persistir, perseverar, quedarse.
¿Persevero en las tentaciones? Mi tiempo de intimidad con Él, ¿es de calidad?

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San Juan 15, 1-8

Permanecer en Cristo es la esencia de la vida cristiana. Es una invitación a profundizar en nuestra relación con Él, a conocerle más íntimamente y a dejar que su amor y su verdad nos transformen. Al permanecer en Él, podemos experimentar su paz, su gozo y su fuerza en medio de las pruebas y desafíos de la vida. Y al hacerlo, también podemos dar fruto en nuestra vida diaria, reflejando su amor y su compasión hacia los demás.
¿Permanezco en Él cuando su presencia deja de sentirse? ¿Confío en que El sí permanece conmigo?

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San Juan 14, 21-26

El amor a Dios, que resulta posible gracias al don del Espíritu, se funda, por tanto, en la mediación de Jesús, como él mismo afirma en la oración sacerdotal: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Esta mediación se concreta sobre todo en el don que él ha hecho de su vida, don que por una parte testimonia el amor mayor y, por otra, exige la observancia de lo que Jesús manda: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15, 13-14). La caridad cristiana acude a esta fuente de amor, que es Jesús, el Hijo de Dios entregado por nosotros. La capacidad de amar como Dios ama se ofrece a todo cristiano como fruto del misterio pascual de muerte y resurrección.
¿De qué manera estoy amando?

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San Juan 14, 7-14

El Evangelio de hoy nos cuenta que cuando uno de los discípulos de Jesús le preguntó: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”, el Maestro respondió: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. La invitación del Señor a encontrarse con Él se dirige a cada uno de nosotros, en cualquier lugar o situación en que se encuentre. Basta «tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él. Todos somos pecadores, necesitados de ser purificados por el Señor.
¿Salgo a su encuentro? ¿Me dejo encontrar?

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San Juan 14, 1-6

Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Surge la
pregunta: ¿existe realmente “la” verdad? ¿Qué es “la” verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato
cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: “¿Qué es la verdad?”. Pilato no llega a entender que “la” Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios.
¿Reconozco que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida?

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