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Palabra

San Juan 17, 1-11a

Jesús no habla palabras suyas, sino que dice lo que el Padre le mandó; y todo lo que ha dado dice que viene del Padre. En definitiva, Jesús nos mostró el rostro de Dios.
Ahora, nuestras palabras y acciones ¿dirigen a Dios como las palabras de Jesús? ¿Sembramos vida y esperanza con nuestras palabras o, más bien, desesperanza y tristeza? ¿Qué palabras abundan en mi boca?

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Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     16, 29-33

Jesús sabe que nunca está solo, sino que siempre está acompañado por su Padre. Jesús se sabe acompañado incluso en medio del dolor y del sufrimiento. Es decir, la compañía del Padre no le ahorra heridas, sino que lo fortalece para vivir a fondo lo que tiene que hacer.
¿Cómo vivo mis momentos de dolor? ¿Me sé acompañado por Dios, sabiendo que tiene contados todos mis cabellos? ¿Confío en que mi vida está en sus Manos?

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Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas   1, 39-56

Esos días, María corría hacia una pequeña ciudad en los alrededores de Jerusalén para encontrarse con Isabel. Hoy, sin embargo, la contemplamos en su camino hacia la Jerusalén celestial, para encontrar finalmente el rostro del Padre y volver a ver el rostro de su hijo Jesús. Ha sido la primera en creer en el Hijo de Dios, y es la primera en ser ascendida al cielo en alma y cuerpo. Fue la primera que acogió y tomó en brazos a Jesús cuando aún era un niño, es la primera en ser acogida en sus brazos para entrar en el Reino eterno del Padre.
¿Le confío mis días a María? ¿Cómo es mi relación con la Madre?

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San Juan 16, 20-23a

La integridad del Don, a la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos la podrá quitar. Puede estar adormecida o taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida pero, en el fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo las cenizas, y siempre puede ser renovada.
¿Creo en que para el Señor no hay nada imposible?

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San Juan 16, 16-20

Pero volveré a verlos y se alegrarán sus corazones y su alegría nadie la podrá quitar”. Son palabras que se deben poner de relieve. La alegría humana puede ser borrada por cualquier cosa, por cualquier dificultad. Pero esta alegría que el Señor nos da, que nos hace exultar, nos hace gozar en la esperanza de encontrarlo, esta alegría nadie la puede quitar, es duradera. Incluso en los
momentos más oscuros. Que el Señor nos dé la gracia de una alegría grande que sea expresión de la esperanza; y una esperanza fuerte que se convierta en alegría en nuestra vida.
¿Cómo es mi espera?

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San Juan 16, 12-15

El Espíritu Santo unge. Ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama. Por tanto, es necesario realizar gestos de humildad, de fraternidad, de perdón, de reconciliación. Estos gestos son premisa y condición para una paz auténtica, sólida y duradera. Pidamos al Padre que nos unja para que seamos plenamente hijos suyos, cada vez más conformados con Cristo, para sentirnos todos hermanos y así alejar de nosotros rencores y divisiones, y poder amarnos fraternalmente.
¿Soy instrumento de paz y alegría? ¿Reconozco a mis prójimos como mis hermanos?

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San Juan 16, 5-11

En el Evangelio hemos escuchado la promesa de Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito,que esté siempre con ustedes”. El primer Paráclito es el mismo Jesús; el “otro” es el Espíritu Santo. Aquí nos encontramos no muy lejos del lugar en el que el Espíritu Santo descendió con su fuerza sobre Jesús de Nazaret, después del bautismo de Juan en el Jordán.
¿Esperamos con confianza la asistencia del Espíritu?

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San Juan 15, 26 — 16,4

El Espíritu Santo,entonces, como promete Jesús, nos guía “en toda la verdad”; nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía “en” la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial.
En mi vida cotidiana, ¿invoco al Espíritu? ¿Pido su auxilio?

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San Juan 15, 18-21

El Hijo del hombre es el que recibe de Dios «poder, honor y reino». Jesús da un nuevo sentido a esta imagen y señala que él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida. En efecto, con su pasión y muerte él conquista el último puesto, alcanza su mayor grandeza con el servicio, y la entrega como don a su Iglesia.
¿A través de qué servicio alabas a Dios? Tu entrega cotidiana, ¿es generosa?

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San Juan 15, 12-17

El Cenáculo nos recuerda, con la Eucaristía, el sacrificio. En cada celebración eucarística, Jesús se ofrece por nosotros al Padre, para que también nosotros podamos unirnos a Él, ofreciendo a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras alegrías y nuestras penas…, ofrecer todo en sacrificio espiritual.
¿Estoy ofreciendo todo a Dios? ¿Qué me cuesta dejar en sus manos?

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