Cada 25 de marzo, la Iglesia celebra con alegría y reverencia la solemnidad de la
Anunciación del Señor, un momento clave en la historia de la salvación. Ese día recordamos
el anuncio del ángel Gabriel a la Virgen María, narrado en el Evangelio de Lucas, cuando
Dios le comunica su plan de amor: que será la madre del Hijo de Dios. Esta escena, tan
conocida como profundamente misteriosa, es mucho más que un relato; es un
acontecimiento que cambió el rumbo de la humanidad para siempre.
El diálogo entre el ángel y María es breve, pero lleno de significado. Gabriel saluda a la
joven con palabras que resuenan aún hoy: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”
Esta frase no solo reconoce la santidad de María, sino que también nos revela que Dios ya la había preparado con un amor especial para esta misión única. María, aunque turbada, escucha con atención y humildad. No se deja llevar por el miedo ni por su propia lógica
humana, sino que se abre al misterio, al plan divino que supera todo entendimiento.
Uno de los momentos más hermosos del relato es la respuesta de María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Este “sí”, pronunciado con libertad y fe,
no fue una aceptación pasiva, sino un acto de confianza valiente. María no conocía todos
los detalles de lo que iba a suceder, pero sabía en quién confiaba. Su respuesta es un
modelo para todos los creyentes: confiar en Dios incluso cuando no entendemos del todo el
camino que nos propone.
La Anunciación no es solo un recuerdo del pasado. Es un llamado actual a cada uno de
nosotros. Así como Dios tuvo un plan para María, también tiene un plan para nuestras
vidas. Y también a nosotros nos habla, tal vez no por medio de un ángel visible, pero sí a
través de su Palabra, de la oración, de las personas que nos rodean y de los
acontecimientos cotidianos. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a escuchar y a decir “sí”
,
como lo hizo María?
Además, esta solemnidad nos invita a contemplar el misterio de la Encarnación: Dios se
hace hombre, entra en nuestra historia, asume nuestra carne. Lo infinito se hace pequeño,
lo eterno entra en el tiempo. Y todo comienza en el vientre de una mujer, gracias a su fe y a
su disponibilidad.
Conmemorar la Anunciación es celebrar el inicio del cumplimiento de las promesas de Dios.
Es recordar que el amor de Dios no se queda en palabras, sino que se hace carne. Que la
historia de la salvación pasa también por la libertad humana, por la respuesta generosa de
personas como María. Que la esperanza nace cuando alguien se anima a confiar, aunque
no tenga todas las certezas.
Que esta fiesta nos renueve en la fe, y nos enseñe a decir también nosotros: “Hágase en mí
según tu palabra”. Porque Dios sigue anunciando su amor, y espera que también nosotros
le abramos el corazón.
