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En la misión algo se revela con claridad: ese joven quiere servir.

¡Hola! Me llamo Juan West, tengo 21 años y estudio Ciencias de la Educación en la Universidad Católica de Santa Fe, trabajo en el Departamento de Pastoral UCSF y hoy escribo para “testimoniar” un proyecto que nos ha dado grandes alegrías, desafíos y bendiciones.

La Misión UCSF nace de un deseo compartido. Hace tres años, desde el Departamento de Pastoral de la Universidad Católica de Santa Fe, empezamos a soñar con una universidad que salga, que camine el territorio, que se deje afectar por la vida concreta de las personas. Hoy, después de tres misiones, ese sueño se hizo realidad.

Esta tercera edición nos encontró siendo 30 misioneros y misioneras de Santa Fe, Rosario, Monte Vera, Reconquista, Santo Tomé, Esperanza, etc. Estudiantes de la UCSF y de otras instituciones de educación superior dispuestos a regalar tres días de su tiempo, en pleno diciembre, entre el calor intenso y el cansancio de las fiestas. Y, sin embargo, lo que predominó no fue el desgaste, sino la alegría de vivir como hermanos y hermanas en comunidad.

Escribo desde varios lugares a la vez. Como coordinador de una misión que ayudé a soñar desde sus inicios siendo parte del equipo. Como misionero, uno más, compartiendo el camino. Y como universitario, estudiante de Ciencias de la Educación, que descubrió que acompañar procesos no es solo algo que se aprende en libros o aulas, sino algo que se vive cuando uno se anima a estar con otros.

Durante los días 26,27 y 28 de diciembre de 2025, la misión, en esta III edición se desplegó en distintos espacios de la ciudad: el Centro de Jubilados y Pensionados del barrio Centenario, la Escuela N.º 1224 Nuestra Señora de Itatí en Varadero Sarsotti, y la Cuasi Parroquia San Jerónimo, en el FONAVI. Instituciones que, en muchos casos, no nos conocían, pero que igualmente nos abrieron las puertas. Allí se realizaron talleres, encuentros, juegos, espacios de escucha. Al mismo tiempo, cada día salíamos a misionar casa por casa, caminando el barrio, saludando, presentándonos y sobre todo realizando una escucha activa y comprometida.

Fue profundamente conmovedor ver cómo algunas personas nos reconocían y nos esperaban. Cómo otras se sorprendían. Y cómo muchas, simplemente, necesitaban ser escuchadas, y hasta miradas. En la comunidad de la Cuasi Parroquia San Jerónimo sentimos algo muy fuerte: no solo nos recibieron, sino que nos cuidaron. Por donde íbamos, Dios ya estaba, saliéndonos al encuentro en los gestos simples, en la hospitalidad, en una charla después de haber misionado con 40° grados jaja, en un mate/tereré compartido, la misión era un constante empezar, dónde los misionados fuimos nosotros.

Sentí a Dios de un modo muy concreto al ver a los misioneros animarse a ponerse en juego. Jóvenes que se arriesgaron a compartir con personas que no conocían, desplegando sus vivencias, su sensibilidad y también sus saberes académicos. Saberes que muchas veces parecen descontextualizados, pero que en estos escenarios reales, atravesados por la vulnerabilidad, encuentran su verdadero sentido. Ahí, en el servicio, todo se vuelve más verdadero.

La imagen bíblica que mejor expresa lo vivido es la de la multiplicación de los panes. Como Pastoral Universitaria, muchas veces nos preguntamos por el latir del joven adulto que atraviesa la universidad. A veces cuesta encontrarlo, entenderlo. Pero en la misión algo se revela con claridad: ese joven quiere servir, quiere comprometerse, quiere salir al encuentro del otro. Trae lo poco que tiene tiempo, energía, dudas y cuando lo ofrece, Dios lo multiplica.

Somos una Pastoral misionera, en salida, haciendo lío. Y esta misión volvió a confirmarlo.

El desafío que queda abierto es animarnos, como jóvenes universitarios, a no quedarnos al margen. Con gratitud por lo vivido y esperanza por lo que vendrá, la misión sigue. Porque, una vez más, comprobamos que por donde vamos, Dios ya estuvo primero.

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