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Comentario Introductorio
En el Evangelio de hoy, Jesús nos describe la naturaleza de su misión: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. En su pasión por arreglar un universo desarticulado, Dios abrió su propio corazón dispuesto al amor. El Padre no solo envía un representante sino a su propio Hijo a este mundo desordenado, para que pudiera reunir al mundo en la dicha de la vida divina. Lo central de Dios —el amor entre el Padre y el Hijo— ahora se ofrece como nuestro centro; el corazón de Dios se abre para incluir incluso a los peores y más desesperados de nosotros. ¿Me siento amado por el Padre en Jesús? ¿Doy gracias por tanto amor recibido?
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San Juan 3, 16-21

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan  

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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