Después que los cinco mil hombres se saciaron, enseguida
Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo
precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras Él despedía
a la multitud. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y Él
permanecía solo en tierra. Al ver que remaban muy penosamente,
porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia
ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.
Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un
fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y
estaban sobresaltados. Pero Él les habló enseguida y les dijo:
«Tranquilícense, soy Yo; no teman». Luego subió a la barca con
ellos y el viento se calmó.
Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían
comprendido el milagro de los panes y su mente estaba
enceguecida.
Palabra del Señor.
